Historias bajo el sol: mujeres Maasai | Stories under the sun: Maasai woman (english below)

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Intentando ver a los lejos la sabana parecía como un mundo sin fin, a mis ojos, no existían límites. Recorriendo a pie esa inmensidad, tenía una sensación de libertad inexplicable y a la vez me sentía como un grano de arena a la deriva del océano.

Mi piel se quebraba y se abría con el frío de las madrugadas, y a medio día, los rayos de sol me cegaban. Caminábamos kilómetros y el cansancio hacía que mis piernas ya no respondieran, me temblaban las manos, en ese momento, cada paso se convertía en un logro.  A veces parecía que en cualquier momento me desplomaría, pero ellas no; ellas eran tan fuertes y tan serenas que tanta sabiduría me maravillaba, me llenaba de curiosidad, y a veces, me intimidaba.

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Los Maasai son un grupo étnico de pastores que viven en el sur de Kenia y el norte de Tanzania a lo largo del Gran Valle del Rift. Desde tiempos inmemorables han sido uno de los pueblos más fieros de la región, actualmente en Kenia existe un célebre dicho con respecto a ellos que dice así: “The Maasai. You better not mess with the Maasai”(Los Maasai. Mejor no te metas con los Maasai). No por nada fue una de los poquísimas etnias en todo el continente africano que los europeos nunca llegaron a conquistar.

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En aquellos días, tuvimos la fortuna de volvernos hijos de la comunidad. Pero al ser adoptado por una comunidad Maasai, uno también adquiere las responsabilidades que conllevan los roles de género. Los hombres por un lado, las mujeres por el otro. Mamma Bernard y mamma Leah nos enseñaron a trabajar como verdaderas mujeres Maasai. Aprendimos que no existe lugar para las quejas ni para dolores, que el trabajo sale aunque sudes y sangres. Aprendimos sobre la construcción de bomas (casas), sobre cómo las estructuran a base de palos atados con palma, que se recubren en barro y que si hay, se mezcla con hormiguero de termita o con excremento de vaca.

Aprendimos a conseguir agua en un lugar dónde las sequías duran más de 11 meses. Aprendimos a cargar kilos de leña sobre nuestras espaldas para transportarla kilómetros y llevarla a casa para cocinar y preparar el chai. Aprendimos que a pesar de que las mujeres no tengan poder sobre las decisiones que se toman en su pueblo, gracias a ellas, su cultura subsiste tan fuerte y orgullosa como hasta ahora.

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Mamma Leah y mamma Bernard

Desde que llegamos a la comunidad, era fácil darse cuenta de la sequía, pero realmente nunca supimos hasta qué punto hasta la primera vez que tuvimos que conseguirla. Caminamos pendiente abajo unos 4 kilómetros mientras le ayudábamos a mamma Bernard a acarrear a los burros. Nos dirigíamos al arroyo más cercano de la comunidad. Llegamos al supuesto arrollo y con lo único con lo que nos topamos fue con arena bajo los pies. Estaba completamente seco. Miré a mamma Bernard con desconcierto, ella, tan serena como siempre y con su enorme sonrisa comenzó a cavar con sus manos un hoyo en la grava. Poco a poco el agua comenzó a emerger desde las entrañas de la tierra. En ese momento sentí como si fuéramos los seres más afortunados del planeta. Nunca me había sentido así, fue como si la tierra nos ofrendara su más preciado regalo. Mi perspectiva sobre cuán sagrada es el agua cambió para siempre.

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Nunca en mi vida había presenciado un trabajo físico tan arduo, tan entregado y tan demandante. En las sociedades Maasai el padre de familia es el que menos trabaja, dejando todo a sus esposas e hijos. De ellas, nunca escuché una sola queja, ninguna decía nada, sólo sabían que por haber nacido mujeres tienen que trabajar toda la vida, su mera existencia tiene como propósito trabajar y tener hijos.

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En las puestas de sol, nos recostábamos bajo la sombra de una gran acacia descansando de nuestro trabajo del día, compartíamos esos momentos junto a su compañía y un chai en mano. Ellas disfrutaban enseñarnos y nosotras agradecíamos ese aprendizaje, les encantaba vernos trabajar, se sentían orgullosas de nosotras y a la vez se reían de nuestra evidente debilidad al costarnos tanto trabajo al realizar las tareas.

Las palabras estaban de sobra, nos entendíamos aunque no habláramos el mismo idioma. Nos cuidaban como madres, como hermanas, como compañeras y como amigas. Éramos familia. Ese regalo ha sido uno de los más maravillosos que he recibido en mi vida. Eso nunca se olvida, queda tan tatuado como la tinta más indeleble.

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El papel que ellas juegan dentro de su comunidad es esencial. Ellas son un todo, son madres de grandes familias, son hijas que a su vez cuidan a sus hermanos; son las que velan por el campo; son las que alimentan; son las que sacian la sed con el agua que acarrean, son las que con sus manos ásperas construyen las bomas y a la vez cargan con dulzura a sus bebés, son aquellas con miradas tan profundas que descifran tus pensamientos con solo verte a los ojos, son las que viven con la música en su alma, son grandes mujeres.

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Dedico este artículo a mamma Bernard y a mamma Leah, por haberme abierto las puertas de su familia y de su corazón.

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English

Stories under the sun: Maasai woman.

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Walking through the Rift Valley the savannah seemed as a world without an end, for me, it was limitless. I felt like the tiniest grain of sand in the drift of the ocean and at the same time that inmensity filled my soul with freedom.

We walked miles and miles and sometimes I felt as if my legs couldn’t support anymore the weight of my body. I could feel my hands shaking, and each step became an achievement. My skin became craqued by the cold of dawn and at noon sunlight was so hard it almost blinded my sight. Sometimes it seemed that at any moment I would collapse, but mammas didnt; they were so serene, it felt filled with admiration, so wise that it filled me with curiosity, and so strong sometimes I even felt a bit intimidated.

The Maasai are an ethnic group of pastoralists living in southern Kenya and northern Tanzania along the Great Rift Valley. Since immemorial times they have been one of the fiercest people of the region. Currently in Kenya, there is a famous saying about them that says: “The Maasai. You better not mess with the Maasai”. Because of this, they are one of the very few ethnic groups throughout the african continent that europeans never came to conquer.

In those days, we were fortunate to become children of the community. But being adopted by the Maasai people, also acquired responsibilities involving gender roles. Men on one side, women on the other. Mamma Bernard and mamma Leah taught us to work as true Maasai women. We learned that there is no place for complaints or for pain; work needs to be done out of sweat and blood.We learned about building bomas, on how they structure their houses based with sticks tied with palmleafs. We learned that bomas are coated with mud and if you can find, the mud can be mixed with thermite anthill or cow dung.

We learned to get water in a place where drought lasts more than 11 months. We learned to load pounds of firewood on our backs and transport it miles away to taking it home to cook and prepare chai. We learned that even though woman have no power over decisions made in their village, thanks to them, their culture still stands strong and proud.

 

Since we arrived in the community, it was easy to be aware of drought but we really never knew to what extent until the first time mamma Bernard took us to look for it. We walked about 2 miles downhill while we helped her with the donkeys. When we reached to the river I felt so confused seeing it was completely dry. I looked at mamma Bernard; she, serene as allways and with her huge smile silently began to dig with her hands a hole in the sand. Slowly the water began to emerge from the bowels of the earth. At that moment I felt as if we were the luckiest beings on the planet. It seemed as if the earth was offerering us its most precious gift. My perspective about how precious and sacred water is changed forever.

Never in my life had I seen a such dedicated and demanding work. In the Maasai society, the father is who works the less leaving everything to their wives and children. From the women, I never heard a single complaint, no one said anything, they only knew that being born a woman means they have to work for a lifetime; their own existance is meant to work and have children.

Every sunset, we laid under the shade of big acacia resting from our labors, we always shared those moments drinking chai. Women enjoyed teaching us and we were grateful for that, they loved to see us work. They were proud of us and laughed at our obvious weakness because it causted us so much work to accomplish tasks. Even if we didn’t speak the same language, we understood each other. They protected us as mothers, helped us as sisters, as partners and as friends. We were family. That gift has been one of the most wonderful I have ever received in my life. A gif I will never forget.
The role they play within their community is essential. They are mothers of large families, they are daughters that take care of their brothers; they are the one who work the fields; they nurture; they are those that quench the thirst with the water tucking they bring, they have rough hands to build their bomas and simultaneously they are filled with sweetness to care for their babies, they have such a deep look in their eyes that it seemes they can figure out your thoughts by only making eye contact, they are the ones that live with the music in their soul, they are great women.

I dedicate this article to mamma Bernard and mamma Leah who opened me the doors of their family and their heart.

 

 

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2 Comments

  1. Cynthia chavez says

    Leerte me hizo escuchar al corazón, recordar esos días y a esas hermosas mujeres. Gracias por compartir esto Natalia.

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