Marusthali, Tierra de los muertos | Marusthali, Land of the dead

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La respiración se me entrecorta, la luz ciega la vista, el calor abrasador detiene mis pasos, las piernas flaquean de debilidad, el sudor impregnado en el turbante es lo único que me mantiene fresca, la resequedad del aire se apodera de cualquier vestigio de agua, hasta de mis lágrimas.

 

 

En un principio, parecía que todo lo que tocaba la luz era monótono y estéril, lo único que escuchaba era el andar del camello a través de rocas y arena. Narán, nuestro guía, nos llevó en búsqueda de un oasis. Cuando lo encontramos, me sorprendió ver que se trataba de un hermoso árbol Khejri. Los camellos y nosotros descansamos bajo su sombra, comimos daal, chapatis y tomamos masala chai, para después de un par de horas, emprender de nuevo nuestro camino.

 

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Así es el Gran Desierto del Thar o del Sánscrito, Marusthali, Tierra de los muertos. Este extenso territorio se extiende entre Pakistán e India.

 

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desierto8 camellos y casas

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Cuando sentía que mi cuerpo ya no podía aguantar más el calor, cerraba los ojos y me dejaba llevar por los movimientos de camello, pensar que ese abrasador lugar es su hábitat natural me relajaba. De pronto, contra todo pronóstico, comenzó a llover, los ojos se me abrieron como dos grandes lunas. Nos refugiamos debajo de un enorme cactus y un plástico. Aún recuerdo las gotas caer fuertemente sumirguiéndose en la arena sedienta, los ojos de Narán se escondían tras una sonrisa gigantesca y los camellos abrían la boca saboreando la lluvia.

El fresco olor a lluvia impregnaba el aire, anduvimos un par de horas más hasta que Narán nos llevó a su comunidad que apareció de entre las dunas. Observamos el anochecer escuchando el silencioso canto del viento rozando la arena.

 

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Dormimos al aire libre en una noche sin luna. La oscuridad nos cubrió tan fría como un manto de hielo. Pasé las horas dormitando, percibiendo animales acercándose, el dolor en mis huesos ante el rocío gélido que empapaba, cada vez que abría los ojos me sentía observada por el universo entero que desfilaba ante mi, nunca imaginé que existieran tantas estrellas, a veces pienso que aquella noche pude ver el fin del universo.

La vida en el desierto podrá ser mortal, pero nunca monótona ni estéril. Es un lugar tan cambiante como lleno de vida, el desierto se transforma a sí mismo a cada momento. Cada día se convierte en un reto de supervivencia, se requiere de una sabiduría ancestral para comprender profundamente y coexistir en uno de los ecosistemas más complejos, menos habitados, más inhóspitos y fascinantes que existen.

 

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En.~

The blinding light almost closes your eyes, breathing is difficult, the burning heat makes your legs falter of weakness, the sweat in the turban is the only thing that keeps you cool, the arid air seizes any vestige of water, even your tears.

This is the great Thar Desert or in Sanskrit, Marusthali land of the dead. This extensive territory is shared by Pakistan and India.

At first, it seemed that everything your eyes could see was dull and barren; the only thing I heard were the camel footsteps through rocks and the sand. Naran, our guide, took us in search of an oasis. When we found it, I was surprised to see that it was a big beautiful Khejri tree. The camels and us enjoyed its shadow while we ate daal and flatbreads along with masala chai. After a couple of hours of rest, we continued our journey.

The sweltering heat was unbearable, every time I felt my body couldn’t handle it anymore, I closed my eyes, and I let myself relax and be carried away by the movements of the camel. Suddenly, against all odds, it started to rain heavily. We took refuge under a big cactus and a plastic bag. I can still remember the drops soaking into the thirsty sand, Naran’s gigantic smile and the camels savoring the rain.

The fresh smell permeated the air; we walked around for a couple of hours until we arrived to Naran’s community that appeared among the dunes as we watched the sunset in silence hearing the whisper of the wind over the sand.

We slept outdoors on a moonless night. The darkness covered us as cold as an ice mantle. I spend the hours drowsing, feeling sudden animal approaches and the pain inside my bones as my legs froze by the bitter cold of the dew, every time I opened my eyes I felt as if the entire universe was observing me, I never imagined I could be able to see so many stars. Sometimes I think that that night I saw the end of the universe.

Life in the desert can be fatal, but never dull or sterile. It’s an ever-changing full of life place. The desert is capable to transform itself moment by moment. Each day becomes a challenge of survival, it requires an ancestral wisdom to understand deeply and coexist in one of the most complex, least populated, most inhospitable and amazing environments that exist.

 

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