Conversaciones personales | Personal conversations (english below)

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Queriendo regular el comportamiento humano, normas y dogmas nos han sido inyectadas apagando nuestros instintos al ser considerados impuros y animalescos. Se nos ha ido moldeando como producción en masa hacia un sistema que sólo funciona para sí mismo y está dispuesto a auto-devorarse por su propia codicia.

Hemos caído en un estado de anestesia general, ya que si los instintos se neutralizan, se apagan por igual, no sólo los más brutales y terroríficos, pero también los más humanos.La visión de comunidad, la empatía, la sensibilidad hacia nuestro mundo y hacia los demás se han ido nublando convirtiéndose así en sombras escondidas y guardadas en el cajón de nuestros olvidos.

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Me pregunto si apagar la llama de los instintos resulta tan prudente… Si el sólo reprimir no hace más daño, si no los sabemos controlar, al final nos terminan traicionando, acabamos en una autodestrucción ya que nunca se nos enseñó a comprenderlos, a trabajarlos y a manipularlos. Vivimos insensatos e insensibles como si estuviéramos en una prisión a cielo abierto, privados de nosotros mismos.

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En lugares remotos, en zonas rurales y étnicas en donde los preceptos occidentales “ideales” de desarrollo aún no han conquistado, las carencias materiales prevalecen. Sin embargo, las riquezas humanas predominan. Los instintos son vitales para la supervivencia. El deber ser pasa a segundo plano y el “ser” humano emerge. Esto puede llevarnos a lograr de las hazañas más valiosas y a la vez de las más terribles. Nos sirven como brújula que aunque caminemos sobre una vereda oscura sin saber a dónde vamos, sabemos que nos guían en nuestro caminar. El despertar de los sentidos y la comprensión del entorno se vuelve aguda. Tal vez siendo más animales teníamos más empatía por el planeta, nos percibíamos más como un todo, una unidad y no sólo un lugar para desgarrar y saquear.

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¿Qué pasaría si volviéramos a desaprender lo ya aprendido? a aprender más sobre lo que somos y no conocemos, a voltear hacia dentro de nosotros mismos despertando los sentidos y dejando de preocuparnos tanto sobre lo que aparentamos y más sobre lo que somos.

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Conversaciones personales habla sobre mis pensamientos y cuestionamientos sobre el mundo que me rodea y mi mundo interno, sobre nuestra capacidad de auto-creación y de auto-destrucción, sobre el precio que tenemos que pagar al vivir en sociedades “civilizadas” y deshumanizadas. Sobre ese mundo oculto, sobre esas experiencias, sobre el lugar donde el deber ser no tiene cabida, ese lugar que todos en el fondo poseemos, entre encontrar el punto de balance entre creación y destrucción, orden y caos, que para mí, simbolizan la existencia y la vida misma.

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English

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In an effort to regulate human behavior, rules and dogmas have been injected to us, numbing our instincts, considered impure and animal. We’ve been molded as a mass production item to fit in a self-sufficient system that is willing to devour itself by its own greed.

We’ve fallen into a state of general anesthesia, where instincts are neutralized not only our most grotesque and brutal become numb, but our essential humanness fades as well. Our sense of community, empathy, and sensibility towards our world and all beings has been completely desensitized, turning our humanness into shadows, forgotten and hidden in vague memories.

I wonder whether extinguishing the flame of the instincts turns out to be so prudent… If suppressing our instincts only ends up damaging us more. If we cannot control them, ultimately they end up betraying us; we finish up in a self-destruction circle because we were never taught to understand them, to work on them and to learn to manipulate them. We live senseless and insensitive as if we were in a sky-opened prison, deprived and disconnected from ourselves.

In remote places, in rural and ethnic areas where the western “ideal” system has not yet conquered, many material lacks prevail. Nevertheless, the human richness is abundant and prolific. Instincts are vital for the survival. The duty is of secondary importance, and the human being emerges. This can lead us to fulfill the most valuable, and simultaneously, the most terrible deeds. They become as compass that even if we walk though the darkest paths, we know they guide us in our journeys. The awakening of the senses and the comprehension of the environment becomes sharp. Maybe being more animalesque makes us more empathic with our planet, and we could perceive us and all beings as a whole, as a unity.

What would happen if we could unlearn the already learned? If we could understand more about what we really are and discover what we do not know about ourselves. If we look inside us, waking up our senses and worrying less about what we try to demonstrate and more about what we essentially are.

Personal conversations speaks of my thoughts and questions on the world that surrounds me and its relationship with my internal world, on our capacity of auto-creation and of self-destruction, on the price that we have to pay for living in “civilized” and dehumanized societies. On this hidden world, on these experiences, on the place where the duty is not welcome, that place that we all deeply possess about finding the balance between creation and destruction, chaos and order, and that to me, this symbolizes the very existence and life itself.

 

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Historias bajo el sol: mujeres Maasai | Stories under the sun: Maasai woman (english below)

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development / genderequality / Kenya / nature / photojournalism / sustainability

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Intentando ver a los lejos la sabana parecía como un mundo sin fin, a mis ojos, no existían límites. Recorriendo a pie esa inmensidad, tenía una sensación de libertad inexplicable y a la vez me sentía como un grano de arena a la deriva del océano.

Mi piel se quebraba y se abría con el frío de las madrugadas, y a medio día, los rayos de sol me cegaban. Caminábamos kilómetros y el cansancio hacía que mis piernas ya no respondieran, me temblaban las manos, en ese momento, cada paso se convertía en un logro.  A veces parecía que en cualquier momento me desplomaría, pero ellas no; ellas eran tan fuertes y tan serenas que tanta sabiduría me maravillaba, me llenaba de curiosidad, y a veces, me intimidaba.

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Los Maasai son un grupo étnico de pastores que viven en el sur de Kenia y el norte de Tanzania a lo largo del Gran Valle del Rift. Desde tiempos inmemorables han sido uno de los pueblos más fieros de la región, actualmente en Kenia existe un célebre dicho con respecto a ellos que dice así: “The Maasai. You better not mess with the Maasai”(Los Maasai. Mejor no te metas con los Maasai). No por nada fue una de los poquísimas etnias en todo el continente africano que los europeos nunca llegaron a conquistar.

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En aquellos días, tuvimos la fortuna de volvernos hijos de la comunidad. Pero al ser adoptado por una comunidad Maasai, uno también adquiere las responsabilidades que conllevan los roles de género. Los hombres por un lado, las mujeres por el otro. Mamma Bernard y mamma Leah nos enseñaron a trabajar como verdaderas mujeres Maasai. Aprendimos que no existe lugar para las quejas ni para dolores, que el trabajo sale aunque sudes y sangres. Aprendimos sobre la construcción de bomas (casas), sobre cómo las estructuran a base de palos atados con palma, que se recubren en barro y que si hay, se mezcla con hormiguero de termita o con excremento de vaca.

Aprendimos a conseguir agua en un lugar dónde las sequías duran más de 11 meses. Aprendimos a cargar kilos de leña sobre nuestras espaldas para transportarla kilómetros y llevarla a casa para cocinar y preparar el chai. Aprendimos que a pesar de que las mujeres no tengan poder sobre las decisiones que se toman en su pueblo, gracias a ellas, su cultura subsiste tan fuerte y orgullosa como hasta ahora.

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Mamma Leah y mamma Bernard

Desde que llegamos a la comunidad, era fácil darse cuenta de la sequía, pero realmente nunca supimos hasta qué punto hasta la primera vez que tuvimos que conseguirla. Caminamos pendiente abajo unos 4 kilómetros mientras le ayudábamos a mamma Bernard a acarrear a los burros. Nos dirigíamos al arroyo más cercano de la comunidad. Llegamos al supuesto arrollo y con lo único con lo que nos topamos fue con arena bajo los pies. Estaba completamente seco. Miré a mamma Bernard con desconcierto, ella, tan serena como siempre y con su enorme sonrisa comenzó a cavar con sus manos un hoyo en la grava. Poco a poco el agua comenzó a emerger desde las entrañas de la tierra. En ese momento sentí como si fuéramos los seres más afortunados del planeta. Nunca me había sentido así, fue como si la tierra nos ofrendara su más preciado regalo. Mi perspectiva sobre cuán sagrada es el agua cambió para siempre.

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Nunca en mi vida había presenciado un trabajo físico tan arduo, tan entregado y tan demandante. En las sociedades Maasai el padre de familia es el que menos trabaja, dejando todo a sus esposas e hijos. De ellas, nunca escuché una sola queja, ninguna decía nada, sólo sabían que por haber nacido mujeres tienen que trabajar toda la vida, su mera existencia tiene como propósito trabajar y tener hijos.

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En las puestas de sol, nos recostábamos bajo la sombra de una gran acacia descansando de nuestro trabajo del día, compartíamos esos momentos junto a su compañía y un chai en mano. Ellas disfrutaban enseñarnos y nosotras agradecíamos ese aprendizaje, les encantaba vernos trabajar, se sentían orgullosas de nosotras y a la vez se reían de nuestra evidente debilidad al costarnos tanto trabajo al realizar las tareas.

Las palabras estaban de sobra, nos entendíamos aunque no habláramos el mismo idioma. Nos cuidaban como madres, como hermanas, como compañeras y como amigas. Éramos familia. Ese regalo ha sido uno de los más maravillosos que he recibido en mi vida. Eso nunca se olvida, queda tan tatuado como la tinta más indeleble.

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El papel que ellas juegan dentro de su comunidad es esencial. Ellas son un todo, son madres de grandes familias, son hijas que a su vez cuidan a sus hermanos; son las que velan por el campo; son las que alimentan; son las que sacian la sed con el agua que acarrean, son las que con sus manos ásperas construyen las bomas y a la vez cargan con dulzura a sus bebés, son aquellas con miradas tan profundas que descifran tus pensamientos con solo verte a los ojos, son las que viven con la música en su alma, son grandes mujeres.

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Dedico este artículo a mamma Bernard y a mamma Leah, por haberme abierto las puertas de su familia y de su corazón.

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English

Stories under the sun: Maasai woman.

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Walking through the Rift Valley the savannah seemed as a world without an end, for me, it was limitless. I felt like the tiniest grain of sand in the drift of the ocean and at the same time that inmensity filled my soul with freedom.

We walked miles and miles and sometimes I felt as if my legs couldn’t support anymore the weight of my body. I could feel my hands shaking, and each step became an achievement. My skin became craqued by the cold of dawn and at noon sunlight was so hard it almost blinded my sight. Sometimes it seemed that at any moment I would collapse, but mammas didnt; they were so serene, it felt filled with admiration, so wise that it filled me with curiosity, and so strong sometimes I even felt a bit intimidated.

The Maasai are an ethnic group of pastoralists living in southern Kenya and northern Tanzania along the Great Rift Valley. Since immemorial times they have been one of the fiercest people of the region. Currently in Kenya, there is a famous saying about them that says: “The Maasai. You better not mess with the Maasai”. Because of this, they are one of the very few ethnic groups throughout the african continent that europeans never came to conquer.

In those days, we were fortunate to become children of the community. But being adopted by the Maasai people, also acquired responsibilities involving gender roles. Men on one side, women on the other. Mamma Bernard and mamma Leah taught us to work as true Maasai women. We learned that there is no place for complaints or for pain; work needs to be done out of sweat and blood.We learned about building bomas, on how they structure their houses based with sticks tied with palmleafs. We learned that bomas are coated with mud and if you can find, the mud can be mixed with thermite anthill or cow dung.

We learned to get water in a place where drought lasts more than 11 months. We learned to load pounds of firewood on our backs and transport it miles away to taking it home to cook and prepare chai. We learned that even though woman have no power over decisions made in their village, thanks to them, their culture still stands strong and proud.

 

Since we arrived in the community, it was easy to be aware of drought but we really never knew to what extent until the first time mamma Bernard took us to look for it. We walked about 2 miles downhill while we helped her with the donkeys. When we reached to the river I felt so confused seeing it was completely dry. I looked at mamma Bernard; she, serene as allways and with her huge smile silently began to dig with her hands a hole in the sand. Slowly the water began to emerge from the bowels of the earth. At that moment I felt as if we were the luckiest beings on the planet. It seemed as if the earth was offerering us its most precious gift. My perspective about how precious and sacred water is changed forever.

Never in my life had I seen a such dedicated and demanding work. In the Maasai society, the father is who works the less leaving everything to their wives and children. From the women, I never heard a single complaint, no one said anything, they only knew that being born a woman means they have to work for a lifetime; their own existance is meant to work and have children.

Every sunset, we laid under the shade of big acacia resting from our labors, we always shared those moments drinking chai. Women enjoyed teaching us and we were grateful for that, they loved to see us work. They were proud of us and laughed at our obvious weakness because it causted us so much work to accomplish tasks. Even if we didn’t speak the same language, we understood each other. They protected us as mothers, helped us as sisters, as partners and as friends. We were family. That gift has been one of the most wonderful I have ever received in my life. A gif I will never forget.
The role they play within their community is essential. They are mothers of large families, they are daughters that take care of their brothers; they are the one who work the fields; they nurture; they are those that quench the thirst with the water tucking they bring, they have rough hands to build their bomas and simultaneously they are filled with sweetness to care for their babies, they have such a deep look in their eyes that it seemes they can figure out your thoughts by only making eye contact, they are the ones that live with the music in their soul, they are great women.

I dedicate this article to mamma Bernard and mamma Leah who opened me the doors of their family and their heart.

 

 

Hábitat construido | Built habitat (english below)

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architecture / japan / nature / photojournalism / sustainability

Japón parecía interconectar cada línea de sus estructuras con cada rama en su vegetación. La arquitectura tradicional se percibía con los sentidos a través de las frías y lluviosas tardes de caminatas.

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Los techos antiguos a dos aguas asemejan grandes montañas, la delicadeza de sus estructuras en madera sigue las mismas formas de las ramas y las hojas, la grandiosidad de los complejos asemeja la fuerza y altura de los árboles, las tonalidades escogidas las construcciones se logran mimetizar como maleza o se acentúan vívidas como flores. Todo parece ser un perfecto balance entre sencillez y complejidad.

Ese estrecho vínculo entre creación y naturaleza genera un profundo respeto palpable en la construcción de cada edificación, de cada jardín, de cada espacio. Pareciera que todo lo hecho por la mano humana se tratara de una reverencia a la naturaleza con estructuras casi perfectas que asemejan esculturas. Es como si a escala, todo se tratase de un gigantesco jardín Zen.

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Existe un punto clave que delata esta relación construcción-naturaleza: la honestidad en el uso de los materiales. Si pudiéramos hacer una analogía entre el sistema estructural de un árbol y el de un edificio, nos daríamos cuenta de una gran cantidad de similitudes. Las profundas raíces del árbol se asemejan a las cimentaciones en una edificación que actúan como sustento. De igual manera, el tronco se equipara a las columnas o pilares estructurales donde todas las cargas bajan hacia los cimientos, además de esto, el esqueleto de un edificio es aparente, es decir, no se recubre, se tapa o esconde. Nada es disfrazado.

Las ramas van de acuerdo a las lozas o volados y las hojas igualan a la labor de las techumbres en teja, quienes, las dos por igual, tienen un propósito utilitario. Por un lado, las hojas responden al clima, en primavera y verano tupen a las ramas para darle protección y absorber los rayos del sol, mientras que en el invierno se caen para ceder el paso a los rayos del sol. A su vez, la teja aísla la temperatura y direcciona la nieve o el agua de la lluvia, no se trata solamente de un ornamento, sino que tiene una función y una razón de ser clara y ordenada.

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La arquitectura tradicional japonesa ha sido íntimamente influenciada por varias religiones antiguas como el Sintoísmo, el Taoísmo y el Budismo Sōtō-Zen. Estas creencias y maneras de vivir permean la mayoría de los aspectos de su cultura. Caminando lentamente por aquellos jardines, pensaba que tal vez esa sea la causa de que estos lugares emanen una inmensa y mágica paz.

La contemplación ha sido una herramienta fundamental en la comprensión y devoción que los japonenses tienen a su entorno. Al cada elemento tener un porqué, cada planta un espacio, cada ornamento un meticuloso trabajo, la ferviente búsqueda de la perfección en un mundo imperfecto hacen de estos lugares un hermoso hábitat construido.

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English

Built habitat

Japan seemed to interconnect each line of its structures, with each branch of its vegetation. Traditional architecture is perceived with the senses through my cold and rainy afternoons walks.

The old two pitch roofs resemble large mountains, the delicacy of its wood structures follows the same shapes of the branches and leaves, the grandeur of the architectural complexes resembles the strength and height of the trees, the colors chosen for each building blend into the landscape or accentuate itself in vivid colours such as flowers.

Everything seems to be a perfect balance between simplicity and complexity. The close bond between creation and nature leads to a profound respect palpable in the construction of each building, each garden and each area. It seems that everything done by the human hand is a reverence to nature with almost perfect structures that resemble sculptures. I felt I was walking thru of a gigantic scaled Zen garden.

Japan’s traditional architecture has a very strong bond with ancient religions such as Shintoism, Taoism and Sōtō-Zen Buddhism. This ways of been are deeply rooted to every aspect of their culture.Walking slowly thru those places I kept thinking perhaps that’s the reason I felt such and immense and magical peace.

Contemplation has been a fundamental tool in the comprehension and devotion that Japanese have to their environment. Each item has its purpose, each stone its place, each ornament its meticulous work, the fervent quest for perfection in an imperfect world make these places a beautiful built habitat.

El mal del aire | Mala~aria (english below)

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Desperté desorientada sintiendo punzadas clavarse como alfileres en mi nuca. El sudor recorría mi frente y empapaba mi cama.

Temí que fuera lo que creía que estaba sucediendo. Lo negué. Me intenté incorporar y un mareo nauseabundo se apoderó de mí. Caí hacia atrás. Lo intenté de nuevo, no me podía mover. Lo siguiente que recuerdo es cómo me levantaron por lo brazos, todo lo percibía difuso, me ayudaban a caminar. Eran varias mujeres de la aldea que hablaban en Ewe. Los escalofríos se apoderaron de mi y no paraba de temblar. Sin entender qué sucedía, comenzaron a quitarme la ropa, de pronto sentí como se me iba el aire mientras el balde de agua helada me empapaba. Sentía la temperatura quemarme por dentro y el profundo dolor entre mis huesos. Lo que creí que no pasaría fue lo que sucedió. Tenía malaria.

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Nuestra aldea estaba lejos de cualquier tipo de servicios médicos, no había tampoco ningún medio de transporte que pasara por ahí. Pasaron ocho horas desde que tuve los primeros síntomas hasta que recibí tratamiento médico.

Los días pasaron entre sueños acostada en una litera del hospicio de religiosas en donde fui atendida. No podría comer, ni moverme. Me sentía tan débil y frágil que las lágrimas recorrían mi rostro en silencio mientras pasaba las horas viendo al techo.

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Hace muchos años, cuando los colonizadores llegaban a las Costas de Oro, en el Golfo de Guinea, miles de soldados, navegantes, comerciantes y religiosos morían al poco tiempo de tocar tierra a causa de una extraña enfermedad. En muchos lugares se decía que eran los Dioses quienes ayudaban a los antiguos reinos Africanos a no ser conquistados. No sabían de dónde provenía ni cómo se contagiaba. Creían que estaba en el aire, de ahí su nombre en italiano, mala-aria.

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Ahora sabemos que el responsable de esta enfermedad no es el aire, sino la hembra del mosquito Anófeles que habita en áreas tropicales alrededor del mundo. La gravedad de la malaria depende mucho de la rapidez con la que se trate. Con el tratamiento adecuado y la atención oportuna la malaria es curable. Si no, puede resultar letal.

Hoy 25 de abril es el día mundial de lucha contra la malaria, sin embargo para millones de personas, ésta lucha se mantiene presente en sus vidas diarias. Más de medio millón de personas mueren cada año a causa de la malaria, además de representar la causa de muerte numero uno mujeres embarazadas, 78% de las muertes totales son niñas y niños.[1] Aproximadamente 700 niños mueren cada día, esto significa que más de uno muere por minuto, cada minuto.

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Aparte de ser un problema de salud tan grave, ésta enfermedad causada por el parásito Plasmodium es un freno económico al desarrollo de las familias, los gobiernos y los países. Si uno esta enfermo no puede trabajar, los maestros no pueden enseñar, los alumnos no pueden aprender, los pescadores no pueden pescar, el campo no se puede arar…

Sin embargo, podría no ser así si se trabaja en su prevención con pabellones mosquiteros para dormir tratados con insecticida y un tratamiento médico adecuado.

Esto no es un tema que debería de preocupar a unos cuantos, se trata de una cuestión global, ésta enfermedad se encuentra presente en 109 países, 45 en África. Podemos hacer algo por esto, informarnos, ser consientes, solidarizarnos y apoyar. Existen numerosas organizaciones que trabajan en la prevención, gracias a los esfuerzos conjuntos entre ONGs y gobiernos, entre el año 2000–2013 se ha logrado reducir la taza de mortandad en un 47%[2], sin embargo aún hay un gran camino por recorrer. Con el uso correcto de mosquiteros rociados con insecticida para dormir, si 3/4 de la población de una comunicad los usara, la transmisión de malaria se reduciría en un 50%, la muerte en niños bajaría hasta un 20%, y la población del mosquito se reduciría en un 90%.[3]

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Por un mundo sin malaria, involúcrate e infórmate. Les recomiendo visitar:

http://www.who.int

www.againstmalaria.com

http://www.worldmalariaday.org

http://www.netsforlifeafrica.org

http://www.malaria.com

Dedico éste artículo a las hermosas familias y comunidades que me acogieron en en Atonsu y Ntonaboma, Ghana. Me uno a ellos en la lucha contra la malaria.

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[1] WHO | World Health Organization. (2015). Recuperado April, 2015, de http://www.who.int

[2] WHO | World Health Organization. (2015). Recuperado April, 2015, de http://www.who.int

[3] Malaria prevention in Africa | NetsforLife Africa. (2015). Recuperado April, 2015, de http://www.netsforlifeafrica.org


English

Mala~aria

I woke up disoriented feeling twinges of cutting pain like needles in my neck. My forehead was covered by sweat that soaked my bed.

I feared that it wasn’t what I thought it was happening. I denied it.
I tried to stand up and a nauseating dizziness came over me. I fell backwards. I tried again but couldn’t move.
The next thing I remember was how I was pulled-up; everything seemed diffuse while they helped me walk. Shivering seized me and I couldn’t stop shaking. Without understanding what was happening, they began taking off my clothes, I suddenly felt breathless as the cold-water bucket soaked me. Several women in the village who spoke Ewe were helping me. The high fever was burning inside me with an un-bearable deep pain in my bones.What I thought couldn’t be is what happened. I had malaria.
Our village was far away from any kind of medical services and conveyance wasn’t available on the area. Eight hours passed by since I had the first symptoms until I finally proper received treatment.
Days went by in-between dreams while I was laying down on a bunk bed of a the religious hospice. Despite they were taking care of me, I could not eat or move. I felt so weak and fragile that tears went silently down my face as I watched the ceiling.

Many years ago, when settlers came to the Gold Coast, in the Gulf of Guinea, thousands of soldiers, sailors, traders and religious people died shortly after landing because of a strange disease. In many places it was said, that it was the way the Gods helped the ancient African kingdoms not be conquered.
People did not know where it came from or how it was transmitted. They believed that it was in the air, hence its name in Italian, mala-aria.

Now we know that the responsible of the trasmition of this disease its not the air, but the female Anopheles mosquito the inhabits in tropical areas around the world. The severity of the illness depends on how promptly the patient receives the medication.With a immediate and effective treatment malaria is curable. If not, it can be lethal.

Today April 25 is the world´s day against malaria.For millions of people its not just about one day, their struggle against malaria never stops.
More than half a million people die each year from malaria, 78% of which are children[1]. Approximately 700 children die each day, this means than more than one child dies per minute, every minute.

Apart from being such a serious health problem, the disease caused by the parasite Plasmodium also slows-down the economic development of families and governments and countries. Sick people cannot work, teachers cannot teach, students cannot learn, fishermen cannot fish; the field cannot be worked… But it doesn’t have to be this way, if we work together in the prevention of this disease facilitating sleeping-bed nets and people proper medical treatment to communities.This is not an issue that should be of concern for just a few, it is a global issue. This disease is present in 109 countries, 45 in Africa. We can do something about it, starting by informing ourselves, being aware, being solidary and supportive. There are many organizations working on prevention, thanks to the joint efforts between NGOs and governments, between the years 2000-2013 malaria’s death rate dropped to 47%[2], however there is still a long way to go.

With the proper use of DDT-treated nets, by three-quarters the population in a community, malaria transmission is cut by 50%, child deaths are cut by 20%, and the mosquito population drops by as much as 90%[3].

For a malaria-free world, lets inform ourselves and get involved. I recommend you visit:

www.againstmalaria.com

http://www.worldmalariaday.org

http://www.netsforlifeafrica.org

http://www.who.int

http://www.malaria.com

I dedicate this article to the beautiful families that took me in the comunities of Atonsu and Ntonaboma. And I join in their fight against malaria.

[1] WHO | World Health Organization. (2015). Retrieved April, 2015, from http://www.who.int

[2] WHO | World Health Organization. (2015). Retrieved April, 2015, from http://www.who.int

[3]Malaria prevention in Africa | NetsforLife Africa. (2015). Retrieved April, 2015, from http://www.netsforlifeafrica.org

Marusthali, Tierra de los muertos | Marusthali, Land of the dead

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La respiración se me entrecorta, la luz ciega la vista, el calor abrasador detiene mis pasos, las piernas flaquean de debilidad, el sudor impregnado en el turbante es lo único que me mantiene fresca, la resequedad del aire se apodera de cualquier vestigio de agua, hasta de mis lágrimas.

 

 

En un principio, parecía que todo lo que tocaba la luz era monótono y estéril, lo único que escuchaba era el andar del camello a través de rocas y arena. Narán, nuestro guía, nos llevó en búsqueda de un oasis. Cuando lo encontramos, me sorprendió ver que se trataba de un hermoso árbol Khejri. Los camellos y nosotros descansamos bajo su sombra, comimos daal, chapatis y tomamos masala chai, para después de un par de horas, emprender de nuevo nuestro camino.

 

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Así es el Gran Desierto del Thar o del Sánscrito, Marusthali, Tierra de los muertos. Este extenso territorio se extiende entre Pakistán e India.

 

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Cuando sentía que mi cuerpo ya no podía aguantar más el calor, cerraba los ojos y me dejaba llevar por los movimientos de camello, pensar que ese abrasador lugar es su hábitat natural me relajaba. De pronto, contra todo pronóstico, comenzó a llover, los ojos se me abrieron como dos grandes lunas. Nos refugiamos debajo de un enorme cactus y un plástico. Aún recuerdo las gotas caer fuertemente sumirguiéndose en la arena sedienta, los ojos de Narán se escondían tras una sonrisa gigantesca y los camellos abrían la boca saboreando la lluvia.

El fresco olor a lluvia impregnaba el aire, anduvimos un par de horas más hasta que Narán nos llevó a su comunidad que apareció de entre las dunas. Observamos el anochecer escuchando el silencioso canto del viento rozando la arena.

 

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Dormimos al aire libre en una noche sin luna. La oscuridad nos cubrió tan fría como un manto de hielo. Pasé las horas dormitando, percibiendo animales acercándose, el dolor en mis huesos ante el rocío gélido que empapaba, cada vez que abría los ojos me sentía observada por el universo entero que desfilaba ante mi, nunca imaginé que existieran tantas estrellas, a veces pienso que aquella noche pude ver el fin del universo.

La vida en el desierto podrá ser mortal, pero nunca monótona ni estéril. Es un lugar tan cambiante como lleno de vida, el desierto se transforma a sí mismo a cada momento. Cada día se convierte en un reto de supervivencia, se requiere de una sabiduría ancestral para comprender profundamente y coexistir en uno de los ecosistemas más complejos, menos habitados, más inhóspitos y fascinantes que existen.

 

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En.~

The blinding light almost closes your eyes, breathing is difficult, the burning heat makes your legs falter of weakness, the sweat in the turban is the only thing that keeps you cool, the arid air seizes any vestige of water, even your tears.

This is the great Thar Desert or in Sanskrit, Marusthali land of the dead. This extensive territory is shared by Pakistan and India.

At first, it seemed that everything your eyes could see was dull and barren; the only thing I heard were the camel footsteps through rocks and the sand. Naran, our guide, took us in search of an oasis. When we found it, I was surprised to see that it was a big beautiful Khejri tree. The camels and us enjoyed its shadow while we ate daal and flatbreads along with masala chai. After a couple of hours of rest, we continued our journey.

The sweltering heat was unbearable, every time I felt my body couldn’t handle it anymore, I closed my eyes, and I let myself relax and be carried away by the movements of the camel. Suddenly, against all odds, it started to rain heavily. We took refuge under a big cactus and a plastic bag. I can still remember the drops soaking into the thirsty sand, Naran’s gigantic smile and the camels savoring the rain.

The fresh smell permeated the air; we walked around for a couple of hours until we arrived to Naran’s community that appeared among the dunes as we watched the sunset in silence hearing the whisper of the wind over the sand.

We slept outdoors on a moonless night. The darkness covered us as cold as an ice mantle. I spend the hours drowsing, feeling sudden animal approaches and the pain inside my bones as my legs froze by the bitter cold of the dew, every time I opened my eyes I felt as if the entire universe was observing me, I never imagined I could be able to see so many stars. Sometimes I think that that night I saw the end of the universe.

Life in the desert can be fatal, but never dull or sterile. It’s an ever-changing full of life place. The desert is capable to transform itself moment by moment. Each day becomes a challenge of survival, it requires an ancestral wisdom to understand deeply and coexist in one of the most complex, least populated, most inhospitable and amazing environments that exist.

 

Lamu, la ciudad de coral | Lamu, the coral city

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Ocho horas en Matatu nos llevaron de Mombasa a un puerto cuyo nombre aún es incierto para mí. Recorrí el camino entre sueños, brincando de un lado al otro por el golpeteo de los cientos de baches del camino de terracería.

Seguía siendo de noche cuando el camión se detuvo, los demás pasajeros se bajaban con mucha prisa, recogían sus maletas, pollos y cabras que habían amarrado al techo del camión antes de partir en la estación. No entendía lo que la gente me decía, sólo me gritaban y señalaban un muelle que apenas se divisaba entre la oscuridad. Esperé a que el chofer bajara mi mochila del techo para acercarme al muelle. Pude ver hacia abajo un bote pequeño que se movía abruptamente con el oleaje del mar. Sin más, me subí, apenas se distingian los rostros de la gente que me rodeaba, era una noche oscura sin luna.

Después de un par de horas en lancha por fin llegamos a Lamu, no había luz en la isla, las siluetas de los edificios se divisaban a lo lejos como castillos misteriosos. No teníamos dónde quedarnos y rápidamente los lugareños se dieron cuenta. Un hombre nos guió hacia una casa de huéspedes. Lo seguimos por estrechos callejones, esquivando charcos y canales de drenaje.

Apenas empezaba a clarear cuando por fin pude conciliar en el sueño. No sabía ni dónde estábamos pero al fin podía descansar. Cuando desperté me di cuenta de que me encontraba en un pequeño paraíso, un paraíso hecho de coral.

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Fundada en 1370 d.C. Lamu — también conocida como la Ciudad de Coral — es una pequeñísima isla en el océano Índico, fue por muchísimos años, junto con Zanzíbar, el punto de encuentro entre tres culturas, la africana, la árabe y la de las Indias. De ésta mezcla surgió la cultura Swahili.

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Nuestra hermosa amiga Halima

Sus paredes recubiertas en piedra de coral y sus suntuosas puertas de madera de mangle te llevan por callejones como laberintos a través de mezquitas, diferentes olores se mezclan con idiomas, rezos y maneras de vivir distintas. El mes del Ramadán nos recibió tan cálido como la salada brisa del mar.

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Durante el Ramadán, los fieles ayunan por un mes desde el amanecer hasta el anochecer, recordando el tiempo en que Mohamed estuvo en el desierto. Nunca voy a olvidar la primera vez que presencié la puesta del sol en la plaza principal, el llamado a la oración retumbó por toda la isla, la gente se congregaba por centenas en la pequeña explanada, los rezos se percibían fuertes y llenos de fé. Cuando el último rayo de luz se ocultó todos comenzaron a comer, la gente nos regalaba comida ofreciéndonos frutas y té. La isla entera se vestía de sonrisas, así todas las tardes se repetía aquella misma celebración, aquel compartir.

Lamu es un lugar que parece aislado del tiempo, la Ciudad de Coral se eleva en el mar recibiendo con los brazos abiertos a todos aquellos que desean visitarla, aprender de ella, estar dispuestos respetar su manera de vivir y asombrase de su magia palpable en cada piedra.

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En.~

Eight hours of journey in Matatu took us from Mombasa to a port whose name it´s still uncertain for me. I spent the time trying to sleep, jumping from one side to the other by the rattling of the potholes of the dirt road. It was still dark when the truck stopped. I had no idea where we were, but the other passengers dropped down in a great hurry collecting their luggage, chickens and goats that had been tied-up to the rooftop of the truck before at the station.

I did not understood what people said to me, they only shouted and pointed out a dock that was barely perceived between the darkness. As I got close to dockside, I saw a small boat that moved abruptly with the swell of the sea. Without hesitation I got up and noticed that I could barely distinguish the faces of the people surrounding me, it was a dark moonless night.

After a couple of hours, we finally got to Lamu, there was no light on the island, the silhouettes of the buildings glimpsed far away as mysterious castles. We had nowhere to stay and the locals quickly noticed. An old man guided us toward a guesthouse through narrow alleys, dodging puddles and drainage channels.

Finally, at dawn I fell asleep not even knowing where we were. When I woke up I realized that I was in a small paradise. A paradise made out of coral stone.

Founded in 1370 AD Lamu is also known as “the coral city” it is a tiny island in the Indian Ocean, which for many years, along with Zanzibar, was the meeting point of three cultures, the African, the Arab and Indies. From this blending, the Swahili culture emerged.

Its walls covered in coral stone an sumptuous mangrove doors take you through alleys as mazes finding youself between mosques, languages, faces, prayers and different ways of living. The Ramadan received us as warm as the salty breeze of the sea.

During Ramadan, the faithful are fasting for one month from dawn till dusk, recalling the time that Mohamed was in the desert. I will never forget the first time that I watched the sunset in the main square, the call to prayer rumbled across the island, people gathered by hundreds in the small esplanade, prayers were perceived strong and filled with faith. When the last glimmer of light hid, everybody began to eat, the people shared with us food offering fruit and tea. The entire island was filled with magic and smiles.

Lamu is a place that seems to be isolated from time, the coral city rises on the sea welcoming  with open arms to all those who wish to visit, to learn. To those who will respect their way of living and wish to be dazzled by it´s magic.
All pictures are taken by me.
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